Día 9 #PasaporteAdidas: Espíritu minero

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Desde Belo Horizonte, Minas Gerais

“Estos poemas son míos. Es mi tierra y es aún más que ella. Es cualquier hombre al mediodía en cualquier plaza” Carlos Drummond de Andrade, oriundo del estado de Minas Gerais y considerado el mejor poeta brasileño del siglo XX.

Una ciudad se conoce mejor recorriéndola a pie. Es una obviedad que en Belo Horizonte adquiere otro cariz. A instantes, por las joviales calles de los barrios de Savassi y Lourdes, se encuentran terrazas gastronómicas al aire libre que tientan el sentido del gusto. Hay otros que tienen mesitas en calles peatonales. Las cuentas en estos establecimientos son claras. La comanda te la dejan en la mesa y ahí tachan cuando pides. No hay lugar para el engaño o el error involuntario y te ahorran la molesta revisión de la cuenta. Acá el buffet es muy común, con enormes barras de ensaladas y una seductora parrilla que cocina variados cortes a fuego lento. El costo varía de acuerdo a los gramos que pese tu platillo. El costo promedio es de 25 reales (150 pesos)

Belo Horizonte es una ciudad columpio. Hay calles en las que basta mover un poco los dedos de los pies para avanzar a un paso veloz, para luego subir una agotadora cuesta que te produce gotas de sudor en tu rostro.

Como el nombre del estado lo indica, esta ciudad era rica en minas. Con el afán curioso por conocer un poco más de la historia de la región, nos dirigimos a primera hora a la Plaza de la Libertad, uno de los principales núcleos de la ciudad que alberga un jardín con un contador regresivo para la Copa del Mundo y numerosos edificios históricos en su perímetro.

Nuestro principal objetivo era conocer el Museo Memorial Minas Gerais, donde se narra la identidad del pueblo mineiro a través de un mejor entendimiento de su pasado. El recinto museístico es interactivo, con salas frescas que reproducen videos y que ambientan los pasajes históricos de la región. Las primeras villas que se asentaron en este territorio fueron beneficiadas por los ricos minerales que brotaban de la tierra. Las montañas de la Sierra del Curral fueron el manto protector de sus habitantes.

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